1.30.2020

Registro


Solo los seres humanos tenemos códigos tan complicados para comunicarnos. La palabra que yo digo, que es una imagen en mi mente, puede ser comprendida, de manera general, por quien me escuche. Esto es la lingüística, que no deja de maravillarme. No solo usamos estos códigos para hablar y ser escuchados, también tenemos alfabetos para dejar lo que pensamos por escrito. 
Claro que lo que pienso cuando digo "una calle de mi ciudad" difícilmente otra persona evoque  la misma imagen, aunque seamos muy cercanos. Esto también es notable, porque cada uno de nosotros es un universo, y aunque compartimos códigos concretos, cuando pasan al entendimiento de cada persona, se modifican y alzan vuelo.
Para qué escribimos? Para no olvidar. Estoy segura de que ésa es la razón, si bien no la primera, de todo alfabeto escrito, en piedra, en madera, en pergamino, en papel o en la pantalla. La razón inmediata de la escritura es obvia: ser leídos por alguien más. Pero eso implica también que lo que decimos queda registrado por un tiempo incierto.
Cuando veo los alfabetos que han sido a través del tiempo no puedo dejar de sentir emoción, son tan hermosos, son la escritura del alma, son los pensamientos hechos materia, las imaginaciones traídas a la vida real. Quiero decir que cada persona es la hechura de su pasado, de sus mayores y antepasados y de una cantidad de experiencias y razonamientos que sólo corresponden a ella. Entonces, el alfabeto deja de ser uno solo y se hace infinito.
Y también es dibujo. Me he enterado hace poco que en la Edad Media había artesanos de la escritura, los calígrafos, que dedicaban toda su vida al estudio de las formas de las letras. De alguna modo entonces, las formas que hemos creado al registrar recuerdos y pensamientos también son las formas del alma y las del recuerdo. 
Ahora digo, rama de pino, canción de la infancia, perfume de azahares... puedo nombrar cosas que no son de la materia y nunca lo fueron y sé que a la imagen que salga a la realidad que a partir de esas cosas que yo nombre, le saldrán alas y se hará eterna. Ya no se detendrá su vida nunca jamás y tendrá muchísimas formas, colores, sabores y olores.
Se encontrará con otras imágenes y juntas harán una realidad, ojalá buena, ojalá de cobijo, de tibieza, de protección y sueño feliz. 




1.09.2020

Tomé un libro de la biblioteca



Por cierto, la biblioteca, que fue frondosa, que ocupaba todas las paredes en nuestra madriguera en Caracas, luego llegó mermada en cajas a Pittsburgh donde igualmente ocupó paredes hasta en la cocina. No sé si todos esos libros estaban allí para ser leídos.  Probadamente no fue así, era para estar abrigados con esa imagen. Cuando abríamos los ojos, veíamos la pared con lomos de colores, letras escritas, sabíamos que había allí historias que discurrían a diferentes escenarios, diferentes épocas, incluso de cuando uno mismo ni siquiera vivía, y que caracteres diversos las vivían y las explicaban o eran explicadas por una voz susurrante.


Leer un libro. Casi nadie lee un libro de una sola vez, a menos que sea "El Perfume¨ de Suskind, caso rarísimo de adicción a una novela, pero del resto, por lo general leo (acostada en mi cama) hasta que los ojos se me cierran y ya no entiendo lo que estoy leyendo. A veces leo en voz alta pero eso tampoco garantiza que vaya a entender lo que estoy leyendo cuando ya me he dormido. El libro se queda hasta allí, se interrumpe la historia colorida o trágica o alegre o aburrida se queda allí, con el libro cerrado y otra vez en la mesita, pero no ha concluido en mi razonamiento. Tal vez el lector da vida a lo que dicen los libros cada vez que los lee. Mientras no son leídos, esas historias o tratados o figuras están muertos.


Las bibliotecas, en esos casos, son como los cementerios.De niña iba con mi abuela a un cementerio fascinante que se llamaba "San Jerónimo". Había allí inmensos mausoleos de mármol, estatuas, puertas de hierro con vidrios para espiar a través de ellos y adentro solía haber una especie de mesa de mármol, era la tumba, claro, y un ángel de mármol también y flores secas. Letras que decían el nombre de quien estaba allí, dicen que descansando.

El libro que tomé de la biblioteca es La Invención de Morel, de Bioy Casares. Y lo dice exactamente como lo pienso. Se superponen las realidades, la recordada, la leída, la vivida.


Descansan los libros mientras no son leídos? O se cansan cuando los lee mucha gente? He pensado en libros olvidados por muchísimos años. Me encantaría encontrar un tesoro así. Abrir sus páginas y escuchar de pronto un montón de gritos, volver a cerrarlo. Silencio. Abrirlo lentamente. Música. Colores.


En esa biblioteca inmensa que estuvo en las paredes de nuestra casa en Caracas, llegué a pensar que había un abismo infinito hacia atrás, porque algunos libros que había acomodado en los estantes de pronto desaparecían, como si se hubiesen caído al universo irrecuperable por la parte desde donde no podía rescatarlos. Y sí, creo que las casas donde habitamos tienen al menos un portal por donde salir a otras realidades, por donde comunicarnos con otras personas presentes o pasadas.


Un tesoro irrepetible


Asomados a la cubierta del barco que nos llevaba a la isla, vimos el fondo de la mar océano. Yo había soñado la noche anterior que en la arena de esa playa encontrábamos tesoros ocultos: algunos collares de piedras azules, cadenas de plata, anillos, diademas y cruces de piedra caliza bordeando los cofres, porque el tesoro, claro está, era resguardado por antiguos muertos, y de los huesos de esos muertos estaba hecha la arena de la playa. Una playa densa y blanquísima, cegadora como mi sueño. No encontramos nada a nuestra llegada. Es decir, la playa, el mar transparente, peces de todos los colores, una quietud perturbadora, troncos de palmeras derrumbadas que llegaban hasta el agua, el cielo calmo, la quietud, el silencio. Los tesoros habían sido saqueados hacía tiempo, y sin embargo, esa isla en la soledad del mar, los corales que podían verse desde la orilla, los peces, las aves marinas y nosotros, temibles intrusos, componíamos en la tarde una visión que de alguna manera quedaría enterrada en la arena de ese lugar: un tesoro irrepetible. Luego alguien soñaría con esto y tomaría un barco para venir a buscarlo.





Para Nidia Bonnet de Wdowik

Mariana




Te paras frente al espejo y trazas un ojo por encima del ojo. Con lápiz negro y afilado escribes minuciosamente el contorno de ese centro acuoso que da vida a tu cara.Le dibujas una forma nueva, lo alargas más allá, hacia un costado de tu rostro, hacia el cabello que cae en ondas por la espalda, oscuro y gitano. 
Quieres parecerte a otra cara imaginada, levemente intuida, quieres que al mirarte, el que te mire piense que no eres tú la que está mirando, que tu centro acuoso denote otros pensamientos, y que esconda bajo llave lo que tú sientes. 














5.08.2019

Andy Warhol: un aire, un aura, una vibración que no se puede explicar


“Anotaré que se me ocurre ahora que si mi padre, mi abuelo, Giordano y Maerbale procedieron conmigo con tan encarnizada perversidad, fue porque acaso captaron desde el comienzo que yo era distinto en esencia –distinto por torpes razones físicas, pero además por otras mucho más altas, complejas e inaccesibles- al grupo hermoso y ceñudo que formaban. Quizás había en torno de mí algo, un aire, un aura, una vibración que no se puede alcanzar ni explicar y que flota, como un anuncio mágico, alrededor de los elegidos, y presintieron, perplejos pero sin darse cuenta del origen de la turbia desazón que experimentaban, que yo, Pier Francesco,  -el niño bufón, el diminuto Vicino, como me llamaba mi abuela, en recuerdo de su bisabuelo Vicino Orsini, primer señor de Bomarzo- estaba señalado y reservado por la fatalidad para un destino incomparable, infinitamente superior, por insólito, al que gobernaba sus vidas triviales

Manuel Mujica Láinez

"Bomarzo"


Escribiré algo sobre Warhol. Andy Warhol, el creador del arte pop. Para ello me referiré a las percepciones que he tenido a lo largo de mis visitas al museo Warhol de la ciudad de Pittsburgh.
El museo Warhol de Pittsburgh es uno de los pocos museos en el mundo dedicados a la obra de un solo autor; queda en la calle Sanduski, y es un edificio de apariencia retro, como lo es casi todo en esta ciudad, nostálgico y a la vez cargado de una atmósfera trágica.
La dirección del museo, en contraste con la apariencia del edificio, se ha esforzado en mantener una tecnología constantemente actualizada para la mejor presentación de las exposiciones, en concordancia con el espíritu futurista que siempre demostró este creador.  Así, grandes pantallas de proyección en las paredes, circuito cerrado de televisión, una organización estricta de las exposiciones que rotan permanentemente y hacen que el museo no pase un solo día sin ser visitado por cientos de admiradores y fanáticos de la obra del artista, siempre descubriendo novedosas propuestas en sus obras. Todos los trabajos de Andy Warhol que se exponen pertenecen a la colección privada del museo y su valor económico crece constantemente.
Cómo es que la obra de un autor que murió hace más de treinta años puede ser renovada constantemente y sus seguidores pueden descubrir nuevas propuestas en ella? No tengo una respuesta precisa, no podría explicarlo siquiera. Tengo que aclarar en primer lugar que no soy experta de la obra de Warhol, apenas soy una persona asombrada ante su talento y ante la sugerencia de “algo más” que no puedo explicar. Por lo menos, Andy Warhol fue un artista extraordinariamente prolífico. Además de dibujante y pintor, fue fotógrafo y cineasta, productor de bandas de música, publicista y a lo largo de los últimos treinta años de su vida, su momento más productivo, se mantuvo relacionado con muchas personas, a las que influyó y se dejó influir hasta en la manera de vestir. Warhol actuó como enlace entre artistas e intelectuales, pero también entre aristócratas, homosexuales, celebridades de Hollywood, drogadictos, modelos, bohemios y pintorescos personajes urbanos.
No me referiré a la biografía del artista, porque no añadiría nada, es muy conocida su historia, la fortaleza con que trabajó en la creación y sustento del arte pop. Digo fortaleza por el hecho de provenir de una circunstancia poco ventajosa, su niñez muy pobre, hijo de inmigrantes austrohúngaros de la región de Eslovaquia, su debilidad física producto de una penosa y larga enfermedad de la infancia que lo llevó a estar postrado por bastante tiempo y a la sobreprotección de su madre, Julia, que valoró y estimuló su capacidad creativa.
Deseo relatar mis impresiones, ya que me interesa tanto el asunto de la imaginación y la memoria, el asunto de los sueños y de las realidades que podrían existir sin que lo constatemos, y sobre todo la persistencia de la memoria ante el paso irremediable del tiempo. Creo que este tema cae perfecto para esa perspectiva.

En estos días he leído noticias de unos científicos que investigan sobre la teoría de los universos paralelos, otras realidades, infinitas posibilidades para nuestro presente. Siento que vivimos sólo un estrecho filo de lo que podría ser la realidad. Como si un solo rayo de luz entrara por una ventana diminuta de la celda que habitamos, e iluminara una parte de la pared. Nosotros sólo asumimos lo que está iluminado, pero a veces nos chocamos con lo que no vemos e inmediatamente retrocedemos aterrados. Eso no está ahí, insistimos.
Entro al museo por quinta vez en unos meses. Hay siete pisos de arte pop, que incluyen obras pictóricas, películas y fotografías. Incluso hay un salón con una cámara filmadora fija, antigua, que el visitante puede accionar y hacer una película al estilo Warhol, de su propio rostro impávido, mirando directo a la cámara. La película dura tres minutos, tiempo suficiente como para que el visitante no pueda aguantar con el mismo gesto en la cara. Pienso en los millones de personas del mundo que viven fotografiándose permanentemente. Eso es un acto automático que se reproduce a cada instante. La costumbre es de reciente data y se corresponde con la proliferación de las posibilidades de poseer un aparato fotográfico propio, que a la vez está conectado a una base social en permanente uso, de modo que las fotografías son enviadas de manera instantánea al espacio y entran a formar parte de la red alucinante.



La coincidencia con este artefacto de los años 60 preparado como una parodia de lo que vendría cincuenta años después, es más que inquietante.
Entro a otra sala, en ésta hay multitud de pantallas transmitiendo videos, diferentes videos en cada pantalla, pero todas están encendidas en el mismo salón en penumbras. La primera sensación que tengo es la de la vida nuestra en la actualidad,  pendiente de una pantalla, de la computadora, de los anuncios móviles en la calle, del teléfono, del cajero del banco. El visitante puede sentarse frente a una de ellas y quedarse un rato mirando pasar una entrevista, una escena de la vida, conversaciones o sólo imágenes.
En el salón del lado, también en penumbras, se proyectan varios videos en las paredes, son de mayor formato que los del salón anterior. En uno veo un hombre dormido, es bastante famoso este video. Warhol grabó el sueño profundo de John Giorno, su boyfriend. Este video tiene una duración de cinco horas, y está compuesto por varias filmaciones de distintos momentos del sueño de Giorno.  Si uno quiere, puede quedarse mirando a esta persona dormir, su respiración tranquila, en algún momento gira su cuerpo entre las sábanas y se acomoda en otra posición y continua respirando calmadamente. Nada más ocurre. El visitante se cansa y se va. 




Otro video silente muestra a Rodolfo Valentino bailando, cantando y recitando algún parlamento, pero no escuchamos nada.  Un travesti de espesa cabellera rubia se come un plátano lentamente, su mirada intensa me remite no sé por qué a la primera mujer en el universo. Aunque no está expuesto en el museo, me han contado que existe un video del Empire State que dura ocho horas y donde no ocurre absolutamente nada, en apariencia. Warhol dispuso la cámara a los pies del edificio y la dejó rodar durante ocho horas. Se ve el cambio del día a la noche y los pájaros pasar y algunas sombras que van corriendo. Esto me recordó la escena que aparece en la película  “Smoke”  basada en el cuento de navidad, de Paul Auster.https://youtu.be/cdSqCQ8A3TY


Comienzo a pensar en torno a la idea de que Warhol de alguna manera sabía ya en aquella época, lo que ocurriría ahora, tantos años después. No es tan absurdo como parece. Me encuentro con señales de esto a cada paso. Hay una puerta abierta que no parece conducir a un salón de exposiciones, pero me meto allí de todas formas. Es una salita pequeña con paredes de vidrio. No hay nada en la sala, pero detrás de los vidrios hay muchísimas torres hechas de cajas de cartón. Son muchísimas, cientos de ellas. Cajas rectangulares, numeradas y cerradas. Siento un leve mareo, una especie de vértigo. He escuchado que Warhol guardaba compulsivamente todo lo que lo rodeaba, cualquier cosa, monedas, llaves, entradas al teatro, dinero, telas, tarjetas, trozos de libros, dinero, comida, zapatos. Estas cajas contienen esos tesoros. El les llamó “Cápsulas del Tiempo¨, qué nombre perturbador.  Comenzó con esto cuando su mudanza del primer edificio de The Factory, en Nueva York, en los años 70. Se han contabilizado 600 de estas cajas, muchas de ellas permanecen cerradas. He sabido que la gente del museo periódicamente abre al azar alguna de estas cajas y expone su contenido en vitrinas horizontales. Nunca se sabe lo que encontrarán al abrir una caja de éstas, es una aventura emocionante. Por qué? En la respuesta está uno de los conceptos warholianos del arte. Cualquier objeto que nos rodea puede ser arte, puede ser creación y sobre todo puede contener el significado de una época. La reproducción repetitiva de la imagen de un mismo objeto es precisamente la materialización de las imágenes que vemos constantemente frente a nuestros ojos a estas alturas de la civilización, y de la manera en que nos hemos organizado en ciudades. En la televisión, en el cine, en la calle, en el supermercado, en las tiendas, en las bases de comunicación social que han pasado a ser parte fundamental de nuestra vida. Nuestra realidad se ha ido convirtiendo en los últimos años en una pieza de Andy Warhol. Me refiero a la velocidad con que vivimos, la mutación constante de ideas, posiciones ante el arte, la política, la filosofía, la vida, el cambio de actitudes, de rostros, de manera de comportarnos física y personalmente. Quiénes somos? Habitantes fugaces, a los que poco importa lo que les rodee, todo pasa casi simultáneamente para retenerlo o al menos percibirlo. 


Tal vez este es el sentido por el cual Warhol atesoró tantos objetos fugaces. Tal vez en el objeto permanezca el momento. Un objeto podría contener en su materia las sensaciones y sentimientos de ese instante efímero.
En uno de los salones veo algunos de sus primeros dibujos. El trazo preciso de unos dedos sobre un piano, una cabeza apretada entre las manos crispadas. Esos dibujos fueron hechos por un creador innato, lleno de talento. 



En los pasillos hay portadas de la revista Interview, con vertiginosos rostros de celebridades del cine y la moda. Muchos retratos en screen multiplican la mirada de estos íconos. Me explica una gallery atendant  de cabello intensamente rojo, que Warhol anunció en 1963 que abandonaba la pintura y el dibujo para dedicarse exclusivamente a la fotografía y a la filmación. Supongo que pudo haberse obsesionado con la idea de que cualquier objeto o vista por más fija que la veamos, en realidad está en movimiento, y está compuesta por muchas imágenes idénticas a si misma, con ligerísimas modificaciones en el tono o en la luz. Tal vez Warhol veía la vida así, como una secuencia de filmación.  Elvis Presley se multiplica en blanco y negro, vestido de vaquero, en las paredes. Originalmente estos Elvis eran 22, pero la galería donde serían expuestos no disponía de una pared lo suficientemente larga como para poner la obra completa. De modo que el artista redujo el número de Elvis a 11, que son los que originalmente están expuestos en el museo. Como dato adicional, recientemente esta obra fue valorada en ciento cincuenta millones de dólares. 


Hay unos videos de The Velvet Underground, la banda de música rock que él produjo, y cuyos cantantes eran Lou Reed y Nico.  Imágenes en movimiento de gente que seguramente habrá muerto y sus células estarán disgregadas en el universo, como las del mismo Warhol. Objetos sencillos, sin ningún valor aparente, los de uso constante y presente en todas las vidas de todas las personas de este continente. Repetición y presencia. En resumen, la vida. Me cuentan también que Warhol filmaba todo lo que lo rodeaba, guardaba todo objeto presente, y que su obsesión por la técnica screen estaba basada, según su propia explicación, en el propósito de reflejar a la sociedad norteamericana de los años 60, 70 y 80. Treinta años de trabajo intenso. Aunque anunció su retiro de la pintura y el dibujo, eventualmente lo retomó también para completar el retrato de la sociedad contemporánea, objetivo que constituyó su pasión y el propósito de toda su carrera. 


A la salida me siento aturdida, y con deseos de llorar y de agradecer ante una fotografía que lo muestra mirándonos fijamente. Esto vertiginoso es porque he llegado al convencimiento de que Warhol encontró, de alguna manera,  el modo de permanecer registrando la vida por siempre. Esta breve reseña deja por fuera muchísimas cosas importantes que hay que decir, sin embargo, insisto en que es sólo una impresión fugaz de una visitante asombrada. 
La individualidad que conocemos como Andy Warhol murió en 1987 a los 58 años, por complicaciones tras una sencilla operación de vesícula. Había sobrevivido a enfermedades más graves y a los disparos que una ex colaboradora le efectuó a quemarropa en 1968. 
Afortunadamente para nosotros, vivió el tiempo suficiente para dejar una obra que se reinventa a sí misma constantemente.



“antes de que me disparasen, siempre pensé que estaba un poco más para allá que para acá. Siempre sospeché que estaba viendo la tele en vez de vivir la vida

4.02.2019

Edredón hindú


Mis padres hicieron muchos viajes alrededor del mundo cuando ya sus hijas habíamos crecido. El primero de ellos, lo recuerdo bien, fue a México. Yo aún estaba en la escuela y me maravillé de que ellos hicieran ese viaje tan lejos, desde Argentina. Luego, desde nuestra casa en Venezuela, mi padre pudo cumplir su proyecto de viajar con mi mamá a muchos diferentes lugares del mundo. No estoy segura de todos los lugares que visitaron, pero sé que eran muy felices y regresaban siempre con regalos, fotografías (en papel) e historias de sus aventuras en Europa o en Oriente. Por lo menos estoy segura de que estuvieron en el Tibet, y en Egipto. Cuando mi padre murió, quedaron comprados unos pasajes para Australia, de un viaje que nunca pudo realizar. 
La magnífica casa que mi padre diseñó en la ciudad de Barquisimeto, también quedó deshabitada a pocos años de su partida. Se superpusieron muchos eventos desafortunados y la familia se dispersó por el mundo. Aquella casa era un universo lleno de recuerdos estupendos, de tesoros incalculables, algunos imposibles de sacar de su sitio, como la colección de orquídeas de mi mamá, o los pájaros cantores que vivían en el patio de atrás. 
De las muchísimas cosas materiales estupendas  que había en esa casa, siempre amé un edredón que estaba en la cama de mis padres, era un patchwork hindú, según me explicó mi madre y lo habían comprado en un viaje que hicieron a Nueva York. Era de una delicadeza finísima, una combinación de figuras y telas de tonos pastel que componían a mis ojos lo que era el cobijo cálido y el amor de la casa paterna. 
Nunca se me ocurrió que podría tenerlo, lo consideraba muy valioso y personal, y nunca dije a nadie lo mucho que me gustaba. Luego de que la casa se desarmó y los objetos fueron a parar a lugares insospechados, pensé varias veces en el edredón, pero sin ninguna esperanza de llegar a saber dónde estaría. Lo incorporé a mi colección de recuerdos queridos. En la memoria he atesorado tantas cosas magníficas que tuve en la vida, otras que no llegué nunca a tener, pero que sí pude ver, tocar y catalogar cuidadosamente para que formaran parte de los tesoros que tengo en el recuerdo. Allí nadie los toca, son mi posesión definitiva. 
Hace apenas dos días recibí una caja por correo. Era de mi hermana mayor que estuvo en el lugar donde se guardaron algunas de las cosas de aquella casa y pensó (sintió, percibió, algo debe haber pasado) que ese edredón tenía que estar conmigo. Recibirlo y sentir el paso entre lo imaginario y lo real, fue un vértigo. 
Las cosas retornan solas a su lugar natural, fue lo que pensé. Ya lo tengo en mi cama, que es el lugar más personal de cuantos pueda haber en una casa, en tu lado de la cama descansa tu cuerpo y sueña, puedes desdoblarte hacia infinitas posibilidades. Aquí está y estará mientras pueda acariciarlo.