11.05.2014

Tuvo que echar cemento



-Tuvo que echar cemento en el piso, armar las estructuras, vidrio, madera, piedra, metales. Tuvo que ingeniarse para el trazado de los muebles que le proporcionaran cómo vivir y transcurrir en el día a día, sillas, mesas, camas, armarios.
Los utensilios y la ropa que dejarían atrás la ingrimitud y la intemperie. Crear los muebles propicios para el reposo, para el trabajo, para la contemplación. Y los utensilios de la sobrevivencia, armas, botas, redes de pescar.

-Un universo nuevo, inmenso de creación. Y a eso sumó cosas que no necesitaba para sobrevivir materialmente, pero que le agradaban porque con ellas tenía un mejor tránsito por la vida. Cosas del arte, música, imágenes que hacían perdurar lo que no tenía ante los ojos, porque tal vez lo había perdido en el devenir de los días. Personas, músicas, olores y sabores.

-Hizo obras trascendentes, perdurables.

-Era fascinante, lleno de sentimientos, lleno de ideas y deseos de aprender más.





-No serán destruidos sus tesoros, ni los recuerdos que permanecen luego de su partida. Eso estará a la vista tanto como el viento y la lluvia lo decidan.

10.22.2014

Aunque no podría



Aunque no podría asegurarlo, me parece que hay una persona al final de esta calle.
Esa persona tiene en las manos algo como un trombón, pero quizás sea una escoba, o sólo un palo. Tiene también un sombrero de copa con algunas plumas de adorno.






Está amaneciendo y hay un resplandor rojizo que me encandila y me hace pensar que veo cosas que no están allí. Por la calle va cruzando, de una acera a otra, un gato gris,  pequeño y ágil. Las casas lucen lavadas, como si acabara de llover y siento la misma inquietud que cuando era pequeña y llegaba la primavera. Todo estaba perfumado por las flores de los paraísos, un sol brillante ponía fin a la tristeza y a las enfermedades, al cansancio y a la muerte.
En este momento se acaba la noche, se me cierran los párpados y tengo frío. A pesar de todo, estoy sonriendo y saludo al hombre del trombón.

-           Disculpe, ¿no llevaba usted una corbata verde ayer?
-           No sería yo.
-           Sin duda lo era, lo reconozco por las plumas en el sombrero.
-           De estas palomas las hay por miles en los techos de las iglesias.
-           ¿Vive usted en la iglesia? ¿Será un santo? ¿Puede hacer que las cosas sean diferentes?
-           Las cosas ya son diferentes a cada momento.
-           Bueno. Entonces, podemos empezar.
-           Empecemos, pues.



De: Libretas doradas, lápices de carbon (editorial Lector Cómplice, 2013)

10.21.2014

Puentes



… viaje a Nueva York estuvimos caminando por la ciudad, y ya muy cansados, regresábamos, cuando caía la tarde, por un puente magnífico. Hemos cruzado infinidad de puentes en muchas ciudades. Puentes sobre ríos, sobre desiertos, sobre autopistas, puentes desde donde ver la playa, las figuras de otras personas sentadas o caminando lejos, allá abajo. Puentes ferroviarios, que son adorables porque suelen ser antiguos, todos de madera y conservan un lustre que le han dado los años, una cierta dignidad del tiempo transcurrido, en el piso opaco, en el ruido que hacen las tablas cuando pasa la locomotora y los vagones. Ese ruido es entrañable, nos lleva hacia épocas remotas, y cuando ya ha pasado uno siente nostalgia de no saber a dónde va, ¿quiénes estarán viajando?, ¿hacia el encuentro de qué amigos o enemigos? ¿Llevarán regalos consigo? ¿Una carta con malas noticias? ¿La ejecución de algo que ponga fin a una circunstancia importante?

Otros puentes precisos son los que hemos cruzado al leer  historias de caballeros medievales. Antes de llegar al castillo donde estará el hada que lo socorra de esas heridas casi mortales, el caballero cruza un puente en ruinas, acostado sobre su caballo lento. Y los puentes de los sueños, y el puente de los corderos de los cuentos de hadas….  Un puente prefigura siempre el enlace. Dos tierras firmes que estaban separadas pueden encontrarse por mediación de un puente.

Si hemos pasado el día entero caminando, a última hora de la tarde nuestra percepción se parecerá de manera notable  a los cuentos de hadas o a las historias medievales. Venimos caminando por ese puente magnífico, con piso de madera, por el nivel de los peatones y los ciclistas. Hay muchísima gente andando en la luz roja y amarilla de la tarde. Por entre las tablas del piso se pueden ver los automóviles y camiones corriendo por la autopista que está un nivel más abajo. El puente es tan antiguo como uno ferroviario, pero más majestuoso e imponente. Ya casi llegando al otro lado, nos atropella una visión que hemos percibido en alguna otra parte, en algún lado hemos visto ese entramado inconcebible y perfecto de cables que sostienen una de las puntas del puente. Infinidad de trazos cruzando el espacio, tejiendo una red que corta el cielo. ¿En dónde hemos visto esta jaula gigantesca, esta pajarera para humanos sobre el río ancho y poblada por una multitud en éxtasis?




Súbitamente lo recordamos. Hace muchos años compramos una postal inquietante. Era una fotografía en blanco y negro, con unos hombres de traje oscuro y sombrero, sin duda unos hombres de negocios, trepando por las guayas de una jaula inmensa que llegaba hasta el cielo. Conservamos esa postal entre nuestros papeles durante mucho tiempo, porque era sugerente y había algo inexplicable en ella. Pensamos que podía ser una composición fotográfica, o una escena de alguna película surrealista. Amábamos ver la imagen e imaginarnos historias.

Ahora estábamos en esa jaula. Existía. La imagen que durante toda la vida supusimos ficticia es algo sublime y real aunque imposible. Caer de rodillas, agradecidos, sería una conducta nada sorprendente. Allí está el puente verdadero, el que une lo supuesto con lo real. Se llama Puente de Brooklyn y desdice enfáticamente la teoría de que la humanidad es dañina.

10.14.2014

Despiertos, dormidos, arriba, abajo, antes, después



Hay algunos temas que nos obsesionan. Hemos vuelto sobre ellos mientras caminamos cualquier tarde, mientras miramos el paisaje helado del otoño, mientras pensamos que otra vez giró la tierra, o mientras dormimos. No terminamos de pensar en eso.  Para mí desde hace muchos años, sigue fascinándome la realidad.  No me convence pensar que una cosa es la realidad y otra el sueño o la imaginación. ¿Cuál es la diferencia? En algunos casos estamos despiertos, y en otros decimos que estamos dormidos.
Veamos, dormidos es cuando nos acostamos y cerramos los ojos, ya preparados para ingresar a un ámbito familiar, no por eso fácilmente comprensible. Preparamos el entorno, luces apagadas, el mayor silencio, el cuerpo en reposo. Cerrar los ojos y que nuestra mente se llene de imágenes. ¿No es fascinante? ¿Y por qué nos atrevemos a decir que lo que vivimos en el sueño no es realidad? Vemos personas y situaciones que pueden sobrepasar o no las leyes de la física y lo que decimos que es normal, nos preocupamos o nos regocijamos y cuando en la mañana abrimos los ojos, el peso de lo  vivido nos estará signando durante las próximas horas. Lo mismo puede decirse de lo contrario, lo que vivimos cuando estamos despiertos signará lo que vivamos mientras estemos dormidos.
Tampoco cuando estamos de este lado sabemos lo que ocurrirá. La única diferencia aceptable es que en una parte transcurrimos a partir de nuestros cuerpos, y en la otra dejamos el cuerpo en reposo, como muerto, y seguimos adelante. Parece que somos duales, como muchas cosas en el mundo. Una parte del cuerpo es reflejo de la otra, lo que es arriba es abajo y así también la realidad.
Como muertos. ¿Qué significa exactamente eso? Que el cuerpo no despertará más a esta realidad, que se diluirá y terminará desapareciendo. ¿De algún modo eso puede ser señal de que se haya terminado la realidad?



Por otro lado están los recuerdos, que nos gusta calificar como fuera de la realidad. Eso fue "antes". Muy bien. ¿Antes? Medimos nuestras vidas según el lapso en que estamos en la situación que llamamos dormidos y luego volvemos a la realidad. Allí nos gusta decir que ha transcurrido el tiempo. Eso se prueba porque tenemos memoria  y también creemos eso porque nuestro cuerpo se marchita. En eso está la prueba, decimos nosotros, de que el tiempo ha pasado. Realmente esta prueba funcionará para lo inmortal? No, verdad? Funciona porque somos perentorios. Quiero insistir en que nos estamos perdiendo de algo. Tengo la sensación de que nada importa realmente, de que estoy aquí escribiendo esto y no hay antes ni después, ni arriba ni abajo, ni sueño y vigilia. Esas son razones que nos gusta darnos para creer que entendemos mejor las cosas. Pero no puedo dejar de pensar en esto. 
Mira cómo ha girado la tierra y ya los árboles se pusieron amarillos y rojos. Es sobrecogedor y tristísimo. El tiempo ha pasado. El tiempo ha pasado para mi. Eso es una verdad.



3.03.2014

La buena fortuna



En 1980 Caracas era una ciudad segura y hermosa, como cualquier ciudad contemporánea normal. Lo digo en serio. Uno podía caminar en la madrugada sin temor a que lo asaltaran o secuestraran, y era raro que ocurrieran cosas peligrosas a tu alrededor. La gente era de una amabilidad rayana en la inocencia. Por increíble que parezca, nadie presuponía nada malo de los demás, te respondían con cordialidad a cualquier pregunta que hicieras en la calle, incluso te acompañaban unas cuadras si no encontrabas la dirección.  Una ciudad desconocida para la Caracas actual.  Creo que todo eso debe estar unos cuantos kilómetros por debajo de la superficie tóxica que pisamos hoy.
Yo venía de Argentina, que  sufría uno de sus peores momentos. La junta militar estaba persiguiendo y encarcelando sistemáticamente a todo sospechoso de tener alguna relación, aunque fuera tangencial, con la izquierda política. Llegué pues, gracias al esfuerzo y preocupación de mi padre, a Caracas, a la escuela de Letras de la Universidad Central.
Por esos días alguien me regaló una pequeña novela, Piedra de Mar. Junto al aturdimiento de cambiar de país, de tratar de entender la realidad, ahora tenía esta historia adolescente escrita de una manera estupenda,  y uno sentía que se estaba haciendo amigo de esos muchachos, es decir, que perfectamente esa historia podía ser la historia personal. Después de eso, a través de los años, he regalado esa novela muchas veces. La respuesta ha sido unánime. He comprendido que es un bien, un caudal que uno  entrega y que crece entre los que lo leen. Luego tuve todos los libros de Francisco Massiani,  los cuentos encantados, los trazos narrativos de sus otras novelas. El asunto no tiene fin.

No recuerdo cuándo ni cómo conocí a Francisco Massiani. En aquellos años uno podía conocer a quien quisiera, era la maravilla de Venezuela, no existían exclusiones.  Debo aclarar que yo me creía todo lo que me dijeran, cualquier cosa, y que además, tenía la mente enfebrecida por la lectura de algunas escritoras españolas de post-guerra, en todas partes veía héroes y heroínas de epopeyas domésticas. En clase de Literaturas de Vanguardia, que dictaba Adriano González León, estábamos leyendo a  Rimbaud, a Baudelaire y a Verlaine, y Adriano exaltaba de manera magnífica  la atracción del abismo.

La verdad es que no pude hablar con Pancho todo lo que hubiera querido, a pesar de que nos veíamos con frecuencia, su realidad era vertiginosa y no se parecía tanto a Piedra de Mar  y sí, en cambio,  a la vida de cualquier surrealista. La Florida, el garaje donde Pancho tenía sus libros y sus dibujos, el Bar Restaurant Royal, los bares de Sabana Grande, adquirieron para mí un significado trascendente. Las cosas que allí ocurrían, las conversaciones con escritores, pintores, artistas y los actos de magia, incluidas las comidas y bebidas, no pertenecían a la vida real y cotidiana. Tampoco los dibujos que Massiani trazaba con lápiz negro en la superficie blanca, rostros redondos, despeinados, escondidos tras innumerables trazos, componían una imagen que nos increpaba desde el fondo de algún lugar incierto. Veo en esto algo importante: el arte es la expresión de nuestro espíritu. Si no nos gusta la palabra, puede que sea expresión de nuestro ser, de lo que llevamos en la memoria, en alguna parte donde somos nosotros solos y nadie más. Los artistas escogen una disciplina para expresarse. Algunos son músicos, otros escritores, otros pintores y así. Pancho escribía de madrugada y también hacia unos dibujos buenísimos que se parecían a las cosas que escribía. Quiero decir que la expresión pasa por ser imagen. Esta imagen se puede hacer con palabras escritas o habladas, con movimientos del cuerpo, con trazos desperdigados sobre cualquier papel. Pancho hacía todo esto, y dibujos, palabras, movimientos, conformaban una sola imagen,  algo que solo él podía decir.

Algunos recuerdos puntuales: Pancho camina hacia mí por la avenida Francisco Solano, es bastante tarde, camina como un marinero o tal vez como un barco en altamar.  Trae puesto un suéter blanco tejido y habla como chileno. Al encontrarnos se levanta el suéter y me enseña una cicatriz bastante grande en la barriga. Ahora sé que ésa era la cicatriz de una operación de vesícula biliar, de las que se hacían antes de que existiera el sistema de cirugía por laparoscopia. Pero lo que yo vi fueron las huellas espantosas de un acto heroico o por lo menos de una vendetta. Me preocupé muchísimo y él se divirtió con mi inocencia. Una de sus frases típicas era decirme: “vieja, esto no tendrá solución never in the life”. Siempre estuve de acuerdo con eso.

El tiempo ha pasado vertiginosamente, una inmensidad de cosas han ocurrido y marcado distancia con esos recuerdos. Pero en aquella realidad sigo teniendo veinte años y me maravillo ante las cosas que aparentan ser diferentes a lo que todo el mundo ve. Desde el futuro lejanísimo en que me encuentro sólo puedo sentir gratitud porque Francisco Massiani haya escrito esos libros, por haber trazado esos dibujos  y por haberse divertido a mi costa. Los tesoros que fueron esos momentos, esas frases, esos gestos, esas imágenes,  las conversaciones entrecortadas, multitud de amigos sonrientes,  calles mojadas por la lluvia, bolsillos de donde salían lápices y servilletas escritas con poemas o direcciones que no debían perderse pero que se perdieron de todas maneras, son algo que no cambiará jamás, porque nadie puede cambiar lo que ya ha ocurrido.  
Qué buena fortuna.