10.14.2014

Despiertos, dormidos, arriba, abajo, antes, después



Hay algunos temas que nos obsesionan. Hemos vuelto sobre ellos mientras caminamos cualquier tarde, mientras miramos el paisaje helado del otoño, mientras pensamos que otra vez giró la tierra, o mientras dormimos. No terminamos de pensar en eso.  Para mí desde hace muchos años, sigue fascinándome la realidad.  No me convence pensar que una cosa es la realidad y otra el sueño o la imaginación. ¿Cuál es la diferencia? En algunos casos estamos despiertos, y en otros decimos que estamos dormidos.
Veamos, dormidos es cuando nos acostamos y cerramos los ojos, ya preparados para ingresar a un ámbito familiar, no por eso fácilmente comprensible. Preparamos el entorno, luces apagadas, el mayor silencio, el cuerpo en reposo. Cerrar los ojos y que nuestra mente se llene de imágenes. ¿No es fascinante? ¿Y por qué nos atrevemos a decir que lo que vivimos en el sueño no es realidad? Vemos personas y situaciones que pueden sobrepasar o no las leyes de la física y lo que decimos que es normal, nos preocupamos o nos regocijamos y cuando en la mañana abrimos los ojos, el peso de lo  vivido nos estará signando durante las próximas horas. Lo mismo puede decirse de lo contrario, lo que vivimos cuando estamos despiertos signará lo que vivamos mientras estemos dormidos.
Tampoco cuando estamos de este lado sabemos lo que ocurrirá. La única diferencia aceptable es que en una parte transcurrimos a partir de nuestros cuerpos, y en la otra dejamos el cuerpo en reposo, como muerto, y seguimos adelante. Parece que somos duales, como muchas cosas en el mundo. Una parte del cuerpo es reflejo de la otra, lo que es arriba es abajo y así también la realidad.
Como muertos. ¿Qué significa exactamente eso? Que el cuerpo no despertará más a esta realidad, que se diluirá y terminará desapareciendo. ¿De algún modo eso puede ser señal de que se haya terminado la realidad?



Por otro lado están los recuerdos, que nos gusta calificar como fuera de la realidad. Eso fue "antes". Muy bien. ¿Antes? Medimos nuestras vidas según el lapso en que estamos en la situación que llamamos dormidos y luego volvemos a la realidad. Alli nos gusta decir que ha transcurrido el tiempo. Eso se prueba porque tenemos memoria  y tambien creemos eso porque nuestro cuerpo se marchita. En eso está la prueba, decimos nosotros, de que el tiempo ha pasado. Realmente esta prueba funcionará para lo inmortal? No, verdad? Funciona porque somos perentorios. Quiero insistir en que nos estamos perdiendo de algo. Tengo la sensación de que nada importa realmente, de que estoy aquí escribiendo esto y no hay antes ni después, ni arriba ni abajo, ni sueño y vigilia. Esas son razones que nos gusta darnos para creer que entendemos mejor las cosas. Pero no puedo dejar de pensar en esto. 
Mira cómo ha girado la tierra y ya los árboles se pusieron amarillos y rojos. Es sobrecogedor y tristísimo. El tiempo ha pasado. El tiempo ha pasado para mi. Eso es una verdad.



3.03.2014

La buena fortuna



En 1980 Caracas era una ciudad segura y hermosa, como cualquier ciudad contemporánea normal. Lo digo en serio. Uno podía caminar en la madrugada sin temor a que lo asaltaran o secuestraran, y era raro que ocurrieran cosas peligrosas a tu alrededor. La gente era de una amabilidad rayana en la inocencia. Por increíble que parezca, nadie presuponía nada malo de los demás, te respondían con cordialidad a cualquier pregunta que hicieras en la calle, incluso te acompañaban unas cuadras si no encontrabas la dirección.  Una ciudad desconocida para la Caracas actual.  Creo que todo eso debe estar unos cuantos kilómetros por debajo de la superficie tóxica que pisamos hoy.
Yo venía de Argentina, que  sufría uno de sus peores momentos. La junta militar estaba persiguiendo y encarcelando sistemáticamente a todo sospechoso de tener alguna relación, aunque fuera tangencial, con la izquierda política. Llegué pues, gracias al esfuerzo y preocupación de mi padre, a Caracas, a la escuela de Letras de la Universidad Central.
Por esos días alguien me regaló una pequeña novela, Piedra de Mar. Junto al aturdimiento de cambiar de país, de tratar de entender la realidad, ahora tenía esta historia adolescente escrita de una manera estupenda,  y uno sentía que se estaba haciendo amigo de esos muchachos, es decir, que perfectamente esa historia podía ser la historia personal. Después de eso, a través de los años, he regalado esa novela muchas veces. La respuesta ha sido unánime. He comprendido que es un bien, un caudal que uno  entrega y que crece entre los que lo leen. Luego tuve todos los libros de Francisco Massiani,  los cuentos encantados, los trazos narrativos de sus otras novelas. El asunto no tiene fin.

No recuerdo cuándo ni cómo conocí a Francisco Massiani. En aquellos años uno podía conocer a quien quisiera, era la maravilla de Venezuela, no existían exclusiones.  Debo aclarar que yo me creía todo lo que me dijeran, cualquier cosa, y que además, tenía la mente enfebrecida por la lectura de algunas escritoras españolas de post-guerra, en todas partes veía héroes y heroínas de epopeyas domésticas. En clase de Literaturas de Vanguardia, que dictaba Adriano González León, estábamos leyendo a  Rimbaud, a Baudelaire y a Verlaine, y Adriano exaltaba de manera magnífica  la atracción del abismo.

La verdad es que no pude hablar con Pancho todo lo que hubiera querido, a pesar de que nos veíamos con frecuencia, su realidad era vertiginosa y no se parecía tanto a Piedra de Mar  y sí, en cambio,  a la vida de cualquier surrealista. La Florida, el garaje donde Pancho tenía sus libros y sus dibujos, el Bar Restaurant Royal, los bares de Sabana Grande, adquirieron para mí un significado trascendente. Las cosas que allí ocurrían, las conversaciones con escritores, pintores, artistas y los actos de magia, incluidas las comidas y bebidas, no pertenecían a la vida real y cotidiana. Tampoco los dibujos que Massiani trazaba con lápiz negro en la superficie blanca, rostros redondos, despeinados, escondidos tras innumerables trazos, componían una imagen que nos increpaba desde el fondo de algún lugar incierto. Veo en esto algo importante: el arte es la expresión de nuestro espíritu. Si no nos gusta la palabra, puede que sea expresión de nuestro ser, de lo que llevamos en la memoria, en alguna parte donde somos nosotros solos y nadie más. Los artistas escogen una disciplina para expresarse. Algunos son músicos, otros escritores, otros pintores y así. Pancho escribía de madrugada y también hacia unos dibujos buenísimos que se parecían a las cosas que escribía. Quiero decir que la expresión pasa por ser imagen. Esta imagen se puede hacer con palabras escritas o habladas, con movimientos del cuerpo, con trazos desperdigados sobre cualquier papel. Pancho hacía todo esto, y dibujos, palabras, movimientos, conformaban una sola imagen,  algo que solo él podía decir.

Algunos recuerdos puntuales: Pancho camina hacia mí por la avenida Francisco Solano, es bastante tarde, camina como un marinero o tal vez como un barco en altamar.  Trae puesto un suéter blanco tejido y habla como chileno. Al encontrarnos se levanta el suéter y me enseña una cicatriz bastante grande en la barriga. Ahora sé que ésa era la cicatriz de una operación de vesícula biliar, de las que se hacían antes de que existiera el sistema de cirugía por laparoscopia. Pero lo que yo vi fueron las huellas espantosas de un acto heroico o por lo menos de una vendetta. Me preocupé muchísimo y él se divirtió con mi inocencia. Una de sus frases típicas era decirme: “vieja, esto no tendrá solución never in the life”. Siempre estuve de acuerdo con eso.

El tiempo ha pasado vertiginosamente, una inmensidad de cosas han ocurrido y marcado distancia con esos recuerdos. Pero en aquella realidad sigo teniendo veinte años y me maravillo ante las cosas que aparentan ser diferentes a lo que todo el mundo ve. Desde el futuro lejanísimo en que me encuentro sólo puedo sentir gratitud porque Francisco Massiani haya escrito esos libros, por haber trazado esos dibujos  y por haberse divertido a mi costa. Los tesoros que fueron esos momentos, esas frases, esos gestos, esas imágenes,  las conversaciones entrecortadas, multitud de amigos sonrientes,  calles mojadas por la lluvia, bolsillos de donde salían lápices y servilletas escritas con poemas o direcciones que no debían perderse pero que se perdieron de todas maneras, son algo que no cambiará jamás, porque nadie puede cambiar lo que ya ha ocurrido.  
Qué buena fortuna. 



11.24.2013

Notas sobre "Libretas doradas, lápices de carbón” por Eleonora Requena




Para leer los textos de Graciela Bonnet deberemos adecuar la escucha a una frecuencia particular, diríase interna, arbitraria, lúdica; suerte de transcripción del pensamiento, del murmullo de palabras que van desplegándose en un decir tan íntimo que nos hace cómplices de una revelación insospechada.

Graciela escribe tomada de la mano de sí misma y atenta toma notas  en su libreta con un lápiz de carbón, como lo haría un dibujante que va reproduciendo  un paisaje donde lo onírico se desdobla hacia el afuera en la hoja de papel, haciendo un dibujo con la mente en blanco, “guiada por otro sentimiento, ajeno al mundo”.

 Tal procedimiento apela algunas veces al  boceto de lo externo, (aunque la poeta anhele, en el epígrafe del libro, a no ser interrumpida por las minucias aplastantes de la realidad), algunas veces da cuenta  de sus reflexiones en torno a los espacios de la casa, a una ventana,  al baño,  al rostro maquillado de su hija, a un yesquero roto, a una tarjeta postal, a la ciudad y sus luces y la cena. Tales exterioridades se imbrican  sorprendentemente con esa otra habla, la del lado inescrutable de los sueños, la de ese “sitio de los ojos cerrados”, de la cara a lo oculto revelado en escritura.

“Libretas doradas, lápices de carbón” es el segundo poemario de Graciela Bonnet, le precede “En caso de que todo falle”, editado en Caracas el año 1997 por la editorial Eclepsidra. Han pasado 16 años desde éste y aquel momento cuando sus lectores descubrimos su universo escritural hecho objeto palpable. Le seguí el rastro a los textos de Graciela desde aquel entonces, y en los últimos años siempre ha sido el hallazgo de un tesoro sus distanciados posteos en el blog “Vertiente Recíproca”. Fiel a una poética de lenta y armoniosa acumulación de alijos rescatados del sueño, palabra a palabra Graciela nos muestra el resultado de la atenta faena del cernir la arena que se desliza por el agujero. No es posible  archivar o enmarcar la materia anímica que tenas se nos revela a la vuelta de cualquier esquina. El afuera y el adentro pulsan en el caos de nuestros coloquios íntimos, las notas tomadas en estas libretas doradas  son el resultado de esta deriva. Ayer subí al twitter un verso de Robert Walser, otro escritor derivante, autor de minúsculas maravillas que dio pie a una breve charla donde un tuitero me escribía sobre la importancia de leer a algunos autores para salvarnos de la “índole modesta” de ciertos días. Al igual que Walser, Graciela nos lleva de su la mano a través de sus paseos, y en esa compañía acompasada flaneamos por las orillas de la gran ciudad, optando siempre por el recorrido a través de los tugurios y caminos marginales, siempre a la espera del portento que nos sobrecoge, o del registro fortuito de algún hecho con un final inesperado.

Ajenos a tipificaciones, los textos de Graciela transitan en una línea de fuga, así, prosa, verso, ensayo breve, toda su escritura se desmarca de los rigores de la clasificación. Al leer este libro recordé al instante al Gul, aquel personaje descrito por la abuela árabe en su primer libro, “El Gul es un hombre horrible, peludo, vagabundo. Se mete entre las pasas y en los frascos de aceitunas a esperar a que algún niño meta la mano. Entonces sale y se lo come.” Ahora abrimos este frasco depositado en el armario estrecho detrás de los ojos, en esa “caja de la memoria” y hurtamos la fruta en conserva, rememoramos entonces el sabor perdido de la magdalena de algún sueño. Entramos en la sintonía del “tiempo espiralado”, donde “las cosas ya son diferentes a cada momento”, y en cualquier momento saldremos volando de la propia cabeza.

8.07.2013

Leer para empezar el sueño



Ahora estamos leyendo Las Noches Árabes, alias Las Mil y una noches. Es un viejo ejercicio de lectura justo antes de dormir, ya lo he reseñado antes.
Lo que se lee no puede ser cualquier cosa, porque uno necesariamente se va a meter en el sueño, y no puede tratarse de cosas muy lejanas a la imaginación. Tiene que haber suficiente material y colores como para deslizarse al océano incalificable, el embarcadero sin rumbo. Y uno se va para allá así, inocente. Cuanto más inocente vaya mejor será la recompensa.
“He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!”
Muchas imágenes, incontables historias y variados poemas. Imaginarse las pedrerías que adornan la ropa del príncipe Diadema, vestido sólo para conquistar el corazón de la princesa Donia, así, de un solo vistazo,  porque no tendrá otra oportunidad, es un premio magnífico. La cara de ese muchacho arriesgado vale la vida.
No tener cómo verificar, archivar y conservar los sueños que esas palabras generan, también vale la vida. Al menos es un tesoro como un montón de arena deslizándose por un agujero. O lloramos o disfrutamos ese paso lento y armonioso.