4.02.2019

Edredón hindú


Mis padres hicieron muchos viajes alrededor del mundo cuando ya sus hijas habíamos crecido. El primero de ellos, lo recuerdo bien, fue a México. Yo aún estaba en la escuela y me maravillé de que ellos hicieran ese viaje tan lejos, desde Argentina. Luego, desde nuestra casa en Venezuela, mi padre pudo cumplir su proyecto de viajar con mi mamá a muchos diferentes lugares del mundo. No estoy segura de todos los lugares que visitaron, pero sé que eran muy felices y regresaban siempre con regalos, fotografías (en papel) e historias de sus aventuras en Europa o en Oriente. Por lo menos estoy segura de que estuvieron en el Tibet, y en Egipto. Cuando mi padre murió, quedaron comprados unos pasajes para Australia, de un viaje que nunca pudo realizar. 
La magnífica casa que mi padre diseñó en la ciudad de Barquisimeto, también quedó deshabitada a pocos años de su partida. Se superpusieron muchos eventos desafortunados y la familia se dispersó por el mundo. Aquella casa era un universo lleno de recuerdos estupendos, de tesoros incalculables, algunos imposibles de sacar de su sitio, como la colección de orquídeas de mi mamá, o los pájaros cantores que vivían en el patio de atrás. 
De las muchísimas cosas materiales estupendas  que había en esa casa, siempre amé un edredón que estaba en la cama de mis padres, era un patchwork hindú, según me explicó mi madre y lo habían comprado en un viaje que hicieron a Nueva York. Era de una delicadeza finísima, una combinación de figuras y telas de tonos pastel que componían a mis ojos lo que era el cobijo cálido y el amor de la casa paterna. 
Nunca se me ocurrió que podría tenerlo, lo consideraba muy valioso y personal, y nunca dije a nadie lo mucho que me gustaba. Luego de que la casa se desarmó y los objetos fueron a parar a lugares insospechados, pensé varias veces en el edredón, pero sin ninguna esperanza de llegar a saber dónde estaría. Lo incorporé a mi colección de recuerdos queridos. En la memoria he atesorado tantas cosas magníficas que tuve en la vida, otras que no llegué nunca a tener, pero que sí pude ver, tocar y catalogar cuidadosamente para que formaran parte de los tesoros que tengo en el recuerdo. Allí nadie los toca, son mi posesión definitiva. 
Hace apenas dos días recibí una caja por correo. Era de mi hermana mayor que estuvo en el lugar donde se guardaron algunas de las cosas de aquella casa y pensó (sintió, percibió, algo debe haber pasado) que ese edredón tenía que estar conmigo. Recibirlo y sentir el paso entre lo imaginario y lo real, fue un vértigo. 
Las cosas retornan solas a su lugar natural, fue lo que pensé. Ya lo tengo en mi cama, que es el lugar más personal de cuantos pueda haber en una casa, en tu lado de la cama descansa tu cuerpo y sueña, puedes desdoblarte hacia infinitas posibilidades. Aquí está y estará mientras pueda acariciarlo.