6.12.2017

Los tesoros

Ya para qué. Así llaves, billetes de otros países, hasta un magnífico chandal que nunca estrenaste. Quién sabe dónde estarías ahora si hubieses cambiado un ápice algunas de las cosas que hiciste, que soñaste, que deseaste hacer y dejaste que pasara el momento. En un tiempo sí, tenías que salir de tu casa a como diera lugar y caminar por cualquier parte, buscando nunca supiste qué. Y cómo te ayudó Dios. Nunca tuviste una experiencia mala, y si la tuviste ya no lo recuerdas, lo que es igual. 

Ahora andas igualmente tanteando como una ciega. Te metes por calles desconocidas, que pronto adquieren un color, un aroma, algo que está justo detrás de ti y percibes como remoto, en algún lugar del pasado estuviste ciertamente en esta acera, sobre estos adoquines, tal vez eras muy niña, siempre con ganas de encontrar esa cosa que nunca supiste qué era, lo que sí sabías es que era magnífica, única, sólo para ti. Si acaso era pequeña la meterías en un bolsillo sin que nadie lo notase, y al llegar a tu casa, o por lo menos debajo de unas tablas, bajo techo, la sacarías del bolsillo para revisar su brillo, su textura, su color. Seguramente era algo perdurable. 
Y si era algo muy grande, lo arrastrarías haciéndote la distraída, hasta algún escondite seguro. Luego, de noche, a lo mejor en sueños, volverías a detallar su perfil, sus valores únicos, y volverías a taparlo de la vista de otros, no sea que te lo roben. Algo realmente valioso.

Por qué no compartirlo? Que es solo para ti? Bueno, si es tuyo puedes decidir que otros también se beneficien de su valor. Unos minutos regalados de sonrisa y gusto valen la pena, ver una cara, mejor si es querida, iluminada por los rayos preciosos de algo secreto, tal vez eso sea más valioso que cualquier cosa que esté bajo tierra. 

Los tesoros. Esos eran materia de guardar cuando no habías aprendido, luego quisiste que todos tuvieran una parte, porque cuanto más dabas, más grande era lo que te llegaba, no lo hacías por avaricia, es decir, no es la avaricia de antes, la de las cosas, es la avaricia de los sentidos, de los recuerdos, de soñar, de imaginar cosas, pensar en cosas mientras vas caminando por esa calle ciega, que a alguna parte tendrá que ir.



  

2.18.2017

Acá estoy

Acá estoy, trasnochada pero sin poder dormir. Como me he tomado dos millones de tazas de café en estos días, creo que la cafeína es acumulativa y por más que me acuesto y apago la luz no logro dormirme. Terminé el libro esta tarde. Un coñazo. Mañana iremos a la imprenta a llevarlo. Como siempre, estoy aterrada. Desde que era una niña esta sensación no me abandona y es en todos los ámbitos. Siempre estoy esperando que se descubra que no soy lo que los demás creen. 






Que si sacaste ese libro en tiempo récord, bah si, pero no creas, no fue tanto. Que si te quedó muy bien este postre. No, no, la receta original tiene más canela. Que qué bien que bajaste dos kilos. Pero todavía me faltan otros. 
Te ves bien. ¿Desde cuando no te revisas los lentes?
Y así infinitamente. De modo que mañana llevaremos este libro, pero seguro cuando lo editen caerán miles de demandas porque el libro es una porquería. Divorcio y pérdida de la custodia de las niñas. Nadie me acepta en su casa porque les doy vergüenza. Estoy rodando tierra y sin casa.
Por fin alguien buena gente me acepta de empleada en una charcutería. Haciendo sandwiches pero duro solo una semana porque no soy lo suficientemente rápida. 
Toda esta lista de temores sé que es compartida por mucha gente, claro, no exactamente así, pero es por el estilo de cosas. Es divertido. Me divierto creando situaciones extremas, todo me da miedo, todo es una preocupación.... ya, ya... acude a mi la voz suave de mi abuelo que está tan remoto en la distancia. Eso sí. Creo que el tiempo se va llevando lejos, muy lejos las cosas que alguna vez estuvieron tan cerca. Mi remoto abuelo era maquinista, que es decir, chofer de locomotora. Un gran oficio. Era un hombre calmado, sabio. No se preocupaba nunca por nada. Usaba un traje y un sombrero gris. Cuando lo conocí ya estaba jubilado. Se sentaba a tocar la guitarra en una salita preciosa que tenía en su casa. La casa de mi abuela, volveré a hablar de eso en otra parte. Mi abuelo se recogía los pantalones al sentarse, para que no se le marcaran las rodillas. Cuando uno se preocupaba por algo decía que había muy poco de qué preocuparse realmente. Una cosa a la vez, como los borrachos. Bueno, esto no lo decía mi abuelo, lo digo yo, pero igual es la verdad.