10.06.2015

Shiharu Shiota y La Fábrica de Colchones



Cerca de mi casa, en la esquina de esta calle, hay un museo fascinante. Se llama The Mattress Factory (La fábrica de colchones) en razón de que antiguamente allí había una de estas fábricas. Ahora es un edificio con escaleras de incendio y cuando uno va caminando por la calle, puede estar el tiempo muy bueno, pero al pasar frente a Matress Factoty se inicia una ventolera. Uno mira hacia arriba y el aire se cuela por todos los orificios de la torre, como si fuera una flauta. Es extraño que no suene.

He ido varias veces, me atrae bastante su tono fantasmal, la intención de las exposiciones que allí se pueden ver es siempre así, sugerente de algo no específico, uno tiene que terminar la frase, la imagen, la materia, lo que sea que se encuentre allí. Por ejemplo, desde hace años hay una instalación permanente que es sólo una sala en total oscuridad. No hay modo de ver absolutamente nada. Al entrar es normal que uno sienta aprensión, estira los brazos, se choca con unas barandas que ayudan a no sentir que está uno cayendo al abismo. Se pueden palpar dos sillas, te sientas y esperas. Al rato tu imaginación irá recobrando formas, destellos, sientes que hay una distancia infinita hacia adelante, hacia abajo, hacia arriba. Puedes experimentar lo que quieras. El vacío, el silencio, la oscuridad te permiten correr hacia donde sea.
Fui varias veces, la sensación de infinito era ya una rutina,  una de estas veces alguien que estaba conmigo encendió una luz por unos segundos. Lo que vimos fugazmente, fue una pared blanca frente a nosotros. El infinito estaba en nuestra imaginación, como suele ocurrir.





En otro pabellón, este es una casa recién adquirida por el museo y queda justo al lado, está una exposición de la artista japonesa Shiharu Shiota. Son habitaciones, la casa entera, cubierta de un entrecruzado de lana, hilos de lana negra enmarañados por todos los rincones, en el aire, en el piso y en el techo. Las marañas a veces escogen un rincón para extenderse al resto de la casa. La casa es toda de madera y cruje por todas partes. Hay objetos que pueden verse a través de las marañas y éstas cubren también las ventanas y parte de las puertas. Me siento fascinada. Es la materialización del pensamiento. Vivo, vivimos, porque siento que no estoy sola en esto, en un espacio exactamente como ése, pero no se ven los entrecruzados de la lana porque están detrás de mis ojos. Son la memoria, los pensamientos constantes, los recuerdos, las reflexiones, en todo lo que pienso y siento ante cualquier momento por el que pase, aun el más trivial, siempre la maraña me rodea. Pueden ser los sueños también, los significados de la memoria, que es, al final, todo lo que somos.




Hay un grupo de baúles comidos por el polvo en un rincón. Están cerrados y cubiertos de maraña. Hay un vestido de novia que cuelga del techo, detrás de la lana, así están también nuestros vestidos queridos, nuestros objetos de la niñez, incluso la imagen de grandes espacios como parques, circos, teatros, la casa de la abuela, jardines interminables. Si la artista contase con más espacio haría también algo así en territorios interminables. Pero volvemos al principio. La vastedad está en nuestra memoria. Es suficiente con una muestra que nos dé las alas que necesitamos. El entramado lo ocupará todo, ahora conscientemente.




2.09.2015

Como esta tarde

Como esta tarde tengo que encontrarme con Cecilio en la torre, aprovecharé el permiso de prisión para enviarte este mensaje urgente. En realidad, sólo quería explicarte por qué anoche, entre sueños, te dije que me ahogaba.
Tú te asustaste como siempre, encendiste la luz, me trajiste agua, y no entendiste nada, como siempre. Es que me habías sacado en medio de la noche, aún envuelta en el caracol del sueño, y me habías llevado a caminar por una calle llena de brotes. Como siempre que estoy cercana a los brotes, me sentía a punto de algo extraordinario. Digamos, explotar en un montón de plumas, por ejemplo. Y mucho más porque me habías vestido con un zapato blanco y el otro amarillo.
Cuando te sonreí y te los mostré, levantando en el aire los dos pies al mismo tiempo, tú me dijiste lleno de tristeza, que se trataba de un error y que debíamos regresar muy rápido a tu cuarto.
Entonces fue que me caí. Ya la madrugada, los brotes y los zapatos habían desaparecido, y sólo me encontraba rodeada de frutos marrones y espinudos. Por eso te grité que me ahogaba.

Ahora, aunque tú te hayas reído diciendo que nada tiene importancia ya que sólo se trata de un sueño, yo quiero preguntarte algo que no ha dejado de atormentarme en todo el día: ¿por qué me diste agua cuando supiste que me estaba ahogando?




De "En caso de que todo falle" (Eclepsidra, 1997)