1.20.2010

Soy la gran recordadora


Soy la gran recordadora, la que hace los hilos de la memoria, la que teje la baba del pasado.
A veces salgo a la calle o entro en el sueño para mirar las cosas que luego debo escribir para que no se deshilachen, pero a veces las cosas suceden sin tregua y sin tiempo para anotarlas y así se van haciendo borrosas mientras empiezan a ocupar el gran océano que alguna vez quisiste explicarme.
Yo sé, tú has intentado explicarme muchas cosas, pero yo no puedo entender nada. Enfebrecida o asombrada por lo que ocurre ante nosotros, no podía escuchar lo que me estuviste gritando una tarde que duró meses, una tarde en un parque donde no jugaban los niños, pero podían escucharse las bocinas de los buques encallando, donde se veían espectros salidos de las páginas de un cuento que decía la historia del que colgó la historia en largas hojas colgadas de un árbol.
Tú querías que escuchara las palabras y yo no podía más que asombrarme ante los sonidos, hechos de olas de un mar invisible, como me atemoricé frente a una esfinge gigantesca que brotó de las piedras obedeciendo a tu llamado y que no he dejado de buscar, pero desde entonces hay más piedras a la orilla del mar y todas se parecen.
Yo que vuelo por las noches robando cruces y lápidas no he podido regresar a mi terror, y ya ni sé cómo se llamaba la tarde con los buques, o el sonido del árbol que tiró sus hojas sobre un piso nocturno y frío. Las hojas estaban secas y yo las puse a volar sobre nuestras cabezas. ¿Cómo se llamaba la música que tenía la primavera de Boticelli en la tapa? Tú no sabías que yo robaba ángeles a Boticelli y sabía que esas señoras estaban en primavera. A nosotros nos devoró la estación. Habrá sido otoño. Tú tenías unos zapatos amarillos y tristes. El vino que nos aturdió no tenía nombre.

¿Adónde va lo que uno no recuerda? ¿Dónde estuvo oculto lo que uno de pronto vuelve a saber? Te lo pregunté muchas veces y finalmente me dijiste que al pudridero, al basurero de la memoria, al cementerio de los recuerdos. Y no estabas alegre al decírmelo, porque también me contaste que habías huido en un bote a través del mar, que en una isla te despediste para siempre de ti y que todo había sido inútil.

Digo estas cosas porque yo debo haber sido dueña de ciertos poderes temporales. Quizás esta misma noche y todas las noches en que he recordado estas cosas no sean más que mis deseos de recuperar a través del pudridero el poder perdido para siempre.

He regresado al cementerio y busco entre el lodo de las cosas olvidadas. Desentierro ojos y falanges, sonrisas a medio desaparecer.

Estoy viendo cometas que chocan en el cielo. Nadie los ve. Escucho una música muerta, pienso en monstruos dormidos durante siglos, me envuelvo en el caracol que llevo dentro. Tampoco los sitios pueden retener lo sucedido. Quizás para ellos también haya un basurero, una estepa inmensa y mortuoria donde se desvanecen los lugares que vimos una vez y que nunca volvieron a ser los mismos: restaurantes derruidos, parques medio quemados, mecedoras, mesas llenas de polvo y hojas secas, pedazos de nosotros, gestos que flotan en la atmósfera, unos zapatos amarillos y tristes, palabras hechas jirones colgando en la pared, poemas comidos por la carroña, papeles, tarjetas postales, basura…

Estoy en ese lugar, en medio de ese sitio revolviendo todo con mi lápiz, pero no logro recordar lo que buscaba… no puedo recordar.

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