6.05.2010

Vi la casa de la fotografía


Vi la casa de la fotografía y pensé que así debe ser la memoria nuestra. Con algunos cuartos clausurados, otros donde la luz del sol llega sólo débilmente. Una casa antigua, extrañamente visitada por una sola persona: nosotros mismos.

Aparte de esto, aunque se vea abandonada y llena de hojas secas, para su dueño es entrañable y vería con horror la alternativa de perderla, aunque a cambio le ofrecieran otra más nueva, con vecinos amables y corteses y recién pintada.

Para mi suerte, la puerta de mi casa se abrió el día en que tú sabías y podías hacerme regresar. Desde entonces disfruto abriendo gavetas y reconociendo retratos de gente que pudo haberse perdido para siempre. Haber recuperado esta capacidad me hace sentir muy afortunada. Porque sólo en esta casa mía está el espejo en donde puedo ver mi rostro.

(Para Carlos Russián)

4.04.2010

El Gul








La abuela árabe narró esta historia fascinante:
"El Gul es un hombre horrible, peludo, vagabundo. Se mete entre las pasas y en los frascos de aceitunas a esperar a que algún niño meta la mano. Entonces sale y se lo come:"
Pobre Gul. Me lo imagino antiguo, entre la fruta seca, esperando durante años. Se habrá quedado dormido.
Es que a los niños de ahora ya no les atraen esas chucherías.

2.20.2010

Mis indolentes amigos


Mis indolentes amigos, que no vieron el fugaz centelleo de la salamandra al borde de la lumbre, olvidan que desde que el sol surge tras la colina del oeste, estamos condenados al juego de las apariencias.
Urraca y Séfora fueron las primeras en caer en el brutal engaño. Se acercaron a la orilla de la fuente y aceptaron el intercambio con la imagen que devolvía el agua. Durante días ignoramos que a nuestros juegos acudían otra Urraca y otra Séfora, más pálidas y transparentes, con una mirada extraña y acuática, que nos condujo uno a uno al borde del surtidor. En la quebradiza del agua hundimos nuestras frentes queriendo coronarnos de otro mundo que comenzaba al revés, que producía círculos concéntricos y convertía nuestros cuerpos en materia volátil, capaz de estremecerse con la brisa y permanecer fija a través de la corriente.
La caída al otro lado fue un prolongado grito y el comienzo del desvarío.

Hay un eco, una sombra que viene del bosque, un pasillo oscuro que exhala aliento de arcones abandonados, una decrepitud impensada del mundo. Ha concluido el primer canto de la alondra y todas las cosas de la vida han perdido sus contornos, sus luces, sus sonidos.

En el final de la calle –insufrible mal- unos niños redondos como bolas, alargados como husos de hilar cáñamo, remotamente parecidos a nosotros, juegan una ronda desventurada que parece hablar de reyes y duendes, y tal vez de los olvidados en el pozo de una fuente.

1.20.2010

Soy la gran recordadora


Soy la gran recordadora, la que hace los hilos de la memoria, la que teje la baba del pasado.
A veces salgo a la calle o entro en el sueño para mirar las cosas que luego debo escribir para que no se deshilachen, pero a veces las cosas suceden sin tregua y sin tiempo para anotarlas y así se van haciendo borrosas mientras empiezan a ocupar el gran océano que alguna vez quisiste explicarme.
Yo sé, tú has intentado explicarme muchas cosas, pero yo no puedo entender nada. Enfebrecida o asombrada por lo que ocurre ante nosotros, no podía escuchar lo que me estuviste gritando una tarde que duró meses, una tarde en un parque donde no jugaban los niños, pero podían escucharse las bocinas de los buques encallando, donde se veían espectros salidos de las páginas de un cuento que decía la historia del que colgó la historia en largas hojas colgadas de un árbol.
Tú querías que escuchara las palabras y yo no podía más que asombrarme ante los sonidos, hechos de olas de un mar invisible, como me atemoricé frente a una esfinge gigantesca que brotó de las piedras obedeciendo a tu llamado y que no he dejado de buscar, pero desde entonces hay más piedras a la orilla del mar y todas se parecen.
Yo que vuelo por las noches robando cruces y lápidas no he podido regresar a mi terror, y ya ni sé cómo se llamaba la tarde con los buques, o el sonido del árbol que tiró sus hojas sobre un piso nocturno y frío. Las hojas estaban secas y yo las puse a volar sobre nuestras cabezas. ¿Cómo se llamaba la música que tenía la primavera de Boticelli en la tapa? Tú no sabías que yo robaba ángeles a Boticelli y sabía que esas señoras estaban en primavera. A nosotros nos devoró la estación. Habrá sido otoño. Tú tenías unos zapatos amarillos y tristes. El vino que nos aturdió no tenía nombre.

¿Adónde va lo que uno no recuerda? ¿Dónde estuvo oculto lo que uno de pronto vuelve a saber? Te lo pregunté muchas veces y finalmente me dijiste que al pudridero, al basurero de la memoria, al cementerio de los recuerdos. Y no estabas alegre al decírmelo, porque también me contaste que habías huido en un bote a través del mar, que en una isla te despediste para siempre de ti y que todo había sido inútil.

Digo estas cosas porque yo debo haber sido dueña de ciertos poderes temporales. Quizás esta misma noche y todas las noches en que he recordado estas cosas no sean más que mis deseos de recuperar a través del pudridero el poder perdido para siempre.

He regresado al cementerio y busco entre el lodo de las cosas olvidadas. Desentierro ojos y falanges, sonrisas a medio desaparecer.

Estoy viendo cometas que chocan en el cielo. Nadie los ve. Escucho una música muerta, pienso en monstruos dormidos durante siglos, me envuelvo en el caracol que llevo dentro. Tampoco los sitios pueden retener lo sucedido. Quizás para ellos también haya un basurero, una estepa inmensa y mortuoria donde se desvanecen los lugares que vimos una vez y que nunca volvieron a ser los mismos: restaurantes derruidos, parques medio quemados, mecedoras, mesas llenas de polvo y hojas secas, pedazos de nosotros, gestos que flotan en la atmósfera, unos zapatos amarillos y tristes, palabras hechas jirones colgando en la pared, poemas comidos por la carroña, papeles, tarjetas postales, basura…

Estoy en ese lugar, en medio de ese sitio revolviendo todo con mi lápiz, pero no logro recordar lo que buscaba… no puedo recordar.

1.15.2010

I am the great rememberer


I am the great rememberer, the one who makes the threads memory, who sews the drool of the past.

Sometimes I go out into the street or I enter the dream to look at the things I should write later on so they don’t unravel, but sometimes things happen with no pause or time to write them down and thus they become blurry as they start to occupy the great ocean you once wanted to explain to me.

I know, you’ve tried to explain many things to me, but I can’t understand anything. Feverish or surprised by what happens in front of us I couldn’t hear what you were screaming at me one afternoon that lasted for months, an afternoon in a park where no children played, but you could hear the sirens of barges running aground, where you could see specters from the pages of a story that told the story of the one who hung the story in large leaves hanging from a tree.

You wanted me to listen to the words and all I could do was be surprised by the sounds, made of waves from an invisible sea, how I became terrorized facing a giant sphinx that emerged from the stones obeying your call and which I haven’t ceased to look for, but since then there are more stones on the shoreline and all of them look alike.

I, who fly through the nights robbing crosses and tablets, haven’t been able to return to my terror, and I don’t even know anymore what the afternoon with the afternoon with the barges was called, or the sound of the tree that threw its leaves on a cold and nocturnal floor… the leaves were dry and I made them fly over our heads… What was the music with Boticell’s spring on the cover called? You didn’t know that I stole angels from Boticelli and that I knew those women were in spring. We were devoured by the season. It must have been autumn… you had a pair of sad and yellow shoes… the wine that stunned us had no name.
Where do the things we don’t remember go? Where were the things we suddenly know again hiding? I asked you this many times and finally you told me the rotting place, memory’s trash heap, the cemetery of memories. And you weren’t happy when you said it to me, because you also told me you had fled on a ship across the sea, that on an island you said goodbye to yourself for good and that everything had been useless.

I say these things because I must have been the owner of certain temporal powers. Maybe this very night and all the nights I have remembered these things are nothing more than my desires to recover the lost power for good by means of the rotting place.

I have returned to the cemetery and search amid the mud of forgotten things. I uncover eyes and phalanxes, half vanished smiles.
I am seeing comets that crash in the sky. No one sees them. I listen to a dead music, I think of monsters who sleep for centuries, I wrap myself in the shell I carry inside me. Nor can places hold on to what has occurred. Maybe there’s a trash heap for them too, an immense and mortuary steppe where the places we once saw and were never the same again fade away: crumbled restaurants, half-burnt parks, tables full of dust and dry leaves, piece of ourselves, gestures that float in the atmosphere, a pair of sad and yellow shoes, words turned into shreds hanging on the wall, poems eaten by carrions, papers, postcards, trash…

I am in that place, in the middle of that spot, turning everything over with my pencil, but I can’t seem to remember what I was looking for… I can’t remember.


(Traducción de Guillermo Parra- Venepoetics)